Banco de alaridos

                Tres aproximaciones al concepto “Banco de alaridos”

Francisco Ferrer Lerín

POETA FRANCISCO FERRER LERÍN

Mi conducta impía e hipersexual, durante el curso preparatorio de bachiller en el colegio de los jesuitas de Sarriá de Barcelona, supuso castigos que incluían ser reprendido por el padre prefecto. Debía acudir a su despacho, llamar a la puerta y esperar a que el padre Burinot dijera que pasara, pero el padre Burinot lo decía de una forma tremenda, emitiendo una especie de grito o alarido, algo así como si rebuznando pronunciáramos «aadelaaaantee». Esa manifestación sonora, de gran espectacularidad, la he mantenido viva imitándola durante todos estos años, al tiempo que incorporaba otros alaridos de diversa calidad.  Ahora, he iniciado un proceso de grabación en el que animo a mis amigos a que también lo hagan, repitiendo los patrones que les propongo, siendo el patrón «Padre Burinot» uno de los destacados.

He explicado repetidas veces que en una etapa de mi vida de gran penuria económica, circunstancia habitual entre escritores, tuve que vender a un profesor de Berkeley, de gira por España, la mayoría de mis gritos; hecho desafortunado que me impide disponer a día de hoy del caudal de alaridos que entusiasmaron a toda una generación de poetas.

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He aquí, la versión mas inquietante del alarido / balido del padre Burinot, este alarido está grabado hace pocos días en el lecho mortuorio de mi condiscípulo Julián Mamarras Sanasgustín que fallecería poco después.

Es mi doctorando Antonio Viñuales Sánchez quien, en el artículo «Vida laboral» publicado en http://ferrerlerin.caminosdepakistan.es/ reflexiona sobre lo que denomina «arte del alarido». Viñuales nos dice que no son pocos los interrogantes que se abren ante unos alaridos como estos, con «vida propia», en lo tocante a nuestra idea de arte o de poesía. Pues ¿qué es una palabra con «vida propia»? Aquella en la que la vida trabaja por su cuenta, o sea gritos que abren el arte de la palabra al inmenso abismo de «lo otro del arte de la palabra», esto es, el extraño «arte de la no-palabra», o de la palabra que es señal de la no-palabra. Y Viñuales también se pregunta sobre cuáles son los aspectos laborales de un proyecto como el del banco de alaridos. ¿Desde qué plano laboral está planteado un proyecto como este? Un proyecto tiene, entre otros significados, el de primer esquema o plan de cualquier trabajo que se hace como prueba antes de darle una forma definitiva. Si la noción de «trabajo» está incluida en el significado de «proyecto», ¿qué clase de trabajo será este de gritar?, ¿desde qué extraña perspectiva laboral se plantea? ¿Gritar, aullar, está dentro de los trabajos que le suponemos a un poeta? ¿Aullar es un trabajo? ¿Qué archiva, qué guarda un banco de alaridos y dónde ha de ubicarse este archivo? Si gritar forma parte de los trabajos de la poesía, aunque sea dudoso que la imagen del poeta en nuestra sociedad sea la de un trabajador, ¿será la biblioteca el lugar del archivo de estas obras, de estos trabajos, de estas extrañas obras no figurativas, no metafóricas, no lingüísticas, apenas humanas, y por lo tanto apenas obras? ¿Formarán parte de la obra de Ferrer Lerín estas no-obras?