LA CASA GARNIER: ALBERGUE DE EXPATRIADOS.

Elías Zerolo. – Manuel Machado. – Pío Baroja.

Pablo Delgado

Poeta Pablo Delgado

París, ese referente espiritual para todos los aspirantes a literatos del antepasado siglo y buena parte del anterior, recoge, aún hoy, entre sus bulliciosas calles algunos ecos de las risas y llantos que nuestros escritores dejaron plasmados tras sus idas, venidas y accidentados vivaquerajes. Muchos fueron allí, y muchas fueron las aventuras que podrían rescatarse de entre las páginas dispersas de la literatura; mas por economías de la entrada, que el avezado lector sabrá entender, aquí tan solo referiré una mínima parte de ellas.

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Hacia las décadas de 1880-1890, la Casa Editorial Garnier Hermanos —fundada en 1833—, se había convertido en una suerte de albergue para aspirantes a escritores, periodistas, o infortunados expatriados españoles e hispanoamericanos, merced a que Monsier Hipollyte Garnier tuvo a bien editar libros en español destinados principalmente para el mercado americano. De entre sus proyectos más importantes descolló la redacción de un diccionario enciclopédico de la lengua castellana. Para tan grande y ambicioso proyecto se encomendó su dirección a don Elías Zerolo, un canario de raíces genovesas que desde 1885 ya andaba escribiendo al servicio de la Casa; tras él también resaltaron don Miguel del Toro, español licenciado en Letras y autor de obras filológicas e históricas, y Emiliano Isaza, antiguo ministro plenipotenciario de Colombia en el Vaticano.

Sea como fuere, lo cierto es que hasta la muerte de Zerolo, allá por el año 1900, todos aquellos que quisieron trabajar para la sección hispana de Garnier, debían contar con el beneplácito del canario. Zerolo, que podía resultar algo apocado y nervioso pero no por ello dejaba de ser amistoso cuando se le conocía bien, tenía por costumbre repartir consejos, lanzar monsergas y algunas advertencias a los recién llegados: muy especialmente a los jóvenes con la cabeza llena de pajaritos azules, o, simplemente desorientados. Así, ejemplos de aquella actitud los encontramos testimoniados por dos de nuestras más insignes plumas de las Letras: Manuel Machado y Pío Baroja.

El andaluz entró a trabajar para la editorial francesa, gracias a una recomendación del republicano Miguel Estévanez, allá por la primera mitad de 1899. Pronto conoció a Zerolo, y de su encuentro con este redactó una crónica para el suplemento literario de El País. Manuel se presentó en el despacho a última hora de la tarde con la intención de disertar con el director sobre filosofía, gramática, literatura…, y para romper el hielo principió a referirle sus excursiones por el bohemio Montmartre y las veladas transcurridas en los cabarets, con pintores, cantantes y charlas animadas por el ajenjo. El director, escarmentado ya de ver a muchos españoles bajo el influjo literario y oropelesco del París bohemio, no tardó en advertirle sobre las paparruchadas idealizantes que a ese respecto se propalaban por España:

El trabajo y la vida están reñidos con el desorden y el vicio. No se pueden producir obras de arte y pasar el día de taberna en taberna y de crápula en crápula… Me dirá usted que Verlaine era un desordenado… Por eso París lo dejó morir en un rincón, por eso su vida fue amarga […].Los extranjeros, y sobre todo loa españoles, tenemos en la imaginación ese París, representado en las estampas por una bailarina con gorro frigio, y nos cuesta trabajo el olvidarlo, aun a la vista del verdadero que trabaja y produce, que está durmiendo ya a estas horas, para levantarse mañana muy temprano.

El joven Machado tan ensimismado quedó por la plática del director, que le dejó hablar hasta que dieron más de las once; finalmente, y no por cansancio, pidió permiso para marcharse con cierto pesar, pues como bien consignaría: «¡Yo hubiera estado escuchándole hablar Dios sabe cuánto tiempo! Pero debía marcharme, y le pedí permiso para volver».

Finalmente Machado mandó su crónica, si bien, los consejos no los tomó por serios, pues continuó con sus correrías haciendo gala de un espíritu inquieto y bohemio.

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Sobre Pío Baroja, la cosa fue muy otra: por alguna razón no consiguió sentar plaza en la editorial Garnier. El vasco que también llegó en 1899, se había instalado en un destartalado piso de la rue Flatters donde pudo conocer muy pronto el lado más truculento y folletinesco de la vieja Lutecia al presenciar, desde su ventana, cómo un panadero propinaba a su mujer una paliza tras haberla descubierto en adulterio.

El dinero se agotaba, había llegado con un caudal de quinientas pesetas que trocó en francos, y, de los cuales, apenas podía gastar tres o cuatro al día. Para solucionar sus problemas monetarios pronto se puso a buscar trabajo en compañía de su amigo G. Campos —que lo había acompañado en su viaje—, con escasos resultados. Tras percatarse que con Campos sus operaciones resultaban infructuosas, menudeó también por su cuenta, y en tal odisea acabó llamando a las puertas de Garnier. De la entrevista con Elías Zerolo Baroja solo obtuvo «vanas promesas», sin embargo, sí recibió una advertencia que, cuando menos, lo inquietó: Zerolo le hizo saber que el barrio donde vivía era muy peligroso y si seguía allí podría ocurrirle alguna desgracia pues existían «muchas ratoneras para los extranjeros incautos». Escamado el donostiarra por tales palabras, a su regreso al piso comenzó a tantear las paredes para saber cuán seguras eran. La pesquisa no pudo acabar en mayor sorpresa: resultó que en uno de sus lados, tras un colgador oculto por unas cortinas, no había pared, tan solo un lienzo cubierto de papel que ocultaba una puerta. No tardaría el escritor en marcharse de allí, ante la facilidad de allanamiento que corría su cuarto.

Al cabo de unos días, y ayudado por el bueno de don Nicolás Estévanez, tomó asiento en un piso abuhardillado de la rue Vaugirald que resultaba más pacífica: aquella noche los procelosos temores a ser asesinado a la puerta de algún cafetín de su anterior quartier fueron cesados.