La metáfora de Borges

Retrato de Silvia Rins

Silvia Rins nos adelanta unos fragmentos de un ensayo inédito sobre el escritor argentino

Jorge Luis Borges, que descreía de escuelas literarias, distinguió entre dos tipos de creadores: el lírico, como Verlaine, y el intelectual, como Emerson, y creía que en todos los grandes poetas (Shakespeare, Dante) debían coexistir ambos elementos. Pese a que optara por una poesía intelectual, formuladora de abstracciones a través de imágenes, mitos o fábulas, en la línea de Platón, Bacon, Emerson, Browning, Frost o Valery, intentó que los fines musicales sujetaran las bridas de una obra, que no por casualidad, se imbrica en la tradición del Modernismo y de sus antecesores simbolistas.

Pese al interés que en sus inicios le despertó el Ultraísmo, pronto se convenció de que no había nacido para ser Apollinaire, Vallejo, Huidobro. Desde entonces creyó al poeta descubridor más que inventor, y su nueva poesía, desde el punto de vista del contenido, inclinada hacia las dudas, las paradojas y las perplejidades, y esclava de un cierto clasicismo y sobriedad formales, alcanzaría por este camino una entidad particular y un aura personal.

Convencido de que las metáforas importantes no eran las nuevas, las que provienen de los juegos de prestidigitación o pirotecnia verbal que explotaron las vanguardias, sino las esenciales y universales, prestas a despertar emociones profundas, se apropia de las fundamentales de la  tradición (el tiempo como río, la vida o la muerte como sueño); otras perfilan un sistema coherente y obsesivo de símbolos que conforman su versión íntima del mundo: espejos, rosas, lunas, tigres, espadas; perspectivas camaleónicas, imágenes en continuo movimiento y en persistente evolución significativa a lo largo de su obra: el Tigre es un arquetipo de tigre (el tigre de fuego de Blake, el de Hugo, el de Shere Kan), el tigre de sangre caliente de Sumatra o de Bengala, el que no nació bisonte, león o pantera: el que no está en el verso; las tardes que fueron y serán, son una sola; la rosa es la rosa invisible de Milton, una rosa amarilla, la rosa profunda: todas las rosas que dejan de ser la rosa y quieren ser la Rosa; la espada está en todas las espadas con nombre: Gram, Durendal, Joyeuse, Excalibur; La luna es las lunas de las noches compartidas (la luna de Diana, de Ariosto, la luna sangrienta de Quevedo, la de Hugo): la palabra luna.

Del mismo modo, gran parte de sus textos serán ampliaciones o síntesis sobre sus temas predilectos; el mismo poema con otro protagonista; segundas versiones de modelos estructurales o sintácticos; frases que se duplican con mínimas variaciones y que acaso pasen anónimamente a la posteridad. “Es como si me hubiera pasado la vida escribiendo siete u ocho poemas y ensayando diversas variaciones, como si cada libro fuera un borrador del libro anterior” -comentó Borges en una ocasión; y añadió: “Pero esto no me avergüenza; es prueba de que escribo con sinceridad, puesto que no sería muy difícil buscar otros temas. Si vuelvo a esos temas es porque siento que son esenciales y también porque siento que no he cumplido con ellos”. ¿Es la repetición una técnica autocomplaciente o por el contrario es el hilo que -a la par que la historia de la literatura, de cada individuo y de la humanidad- traba el universo de su obra? Como si se tratara de un laberinto de corredores espejeantes que se bifurcan en otros análogos, el lector se siente a menudo cómplice de un fabuloso palimpsesto, al cual sus evocaciones densifican y enriquecen. Pero al mismo tiempo, la contemplación distante de ese laberinto conforma un sólo e inmenso destello, un Borges virtual, indefinido pero riguroso, capaz de devolvernos nuestro propio reflejo.