Las migas de pan. – una cena rancia. – pícaros chansonniers.

Retrato Pablo Delgado

POETA PABLO DELGADO

Recordarán mis escasos pero selectos lectores cómo di cuenta de la infructuosa arribada de Pío Baroja en la editorial Garnier, y del temor que le produjo descubrir la existencia de una puerta oculta tras un lienzo; pues bien, como no quedaron ahí las malaventuranzas que el joven Pío Baroja sufrió en la estadía parisina de 1899, me resulta casi harto obligado remembrar algún que otro suceso para completar sus vivaquerajes.

Baroja, como ya mencioné, se juntaba con un compatriota madrileño llamado G. Campos. Este lo había acompañado en su viaje desde España, y casi desde el principio pareció inferirle lo que comúnmente llamaríamos ‘mala suerte’. Fue Campos quien indicó a Baroja que se alojara en la lúgubre rue Flatter la cual tuvo que abandonar por resultar insegura.

En una ocasión, al poco de sentar plaza en París, Campos animó a Baroja a salir para almorzar en el restaurante Cuisine bourgeoise, de la rue Lyonnais. Lo que acontenció después, bien puede considerarse un flagrante caso de abuso made in high school. Sentados tranquilamente los amigos pidieron al camarero sustento, mas «unos jóvenes, medio chulos, medio apaches» posiblemente viendo un blanco fácil y débil en los jóvenes y extranjeros comensales, comenzaron a importunarlos —como si no tuvieran ya bastante con sus tribulaciones— lanzándoles migas de pan. Campos y Baroja, que no eran especialmente espartanos ni barulleros, prefirieron poner pies de por medio antes de que la cosa fuera a mayores. Pero el jettatore de Campos todavía tenía mucha jettatura que ofrecer: en la noche, el madrileño sugirió que debían cenar en casa de Pío, seguramente con el fin de prevenir otra escena aderezada de malandrines molestantes. Compraron los dos españoles, para tal sazón, unas sardinas en lata, algo de queso, pan y una botella de cerveza —cena digna de La bohème—, pero la que prometía ser una tranquila cena, como refirió nuestro protagonista: « resultó detestable». Parece ser que las sardinas en lata no podían comerse; la cerveza estaba podrida; y el pan y el queso no andaban muy allá. Aquel día Baroja habría hecho bien en no levantarse de la cama aludiendo enfermedad.

París in illo tempore era la ciudad más admirada gracias a escritores como Sue, Balzac, Hugo, y tantos otros, de tal suerte que en aquel cenit del XIX hacía gala de tener espacio para la poesía en casi todas las tabernas del barrio de Saint Séverin; había incluso un hotel de la literatura «en donde por poco dinero dormían los bohemios, que, en vez de trabajar, aguardaban, en compañía de una copa de ajenjo, que sonase para ellos la hora de la gloria». Bajo aquella premisa, y ya pasado un tiempo del incidente de las ‘miguitas’, Campos reapareció en casa de Baroja. Ese día comieron juntos —se presupone que sin sardinas podridas— y tras el yantar el madrileño, que estaba muy proyectista, impelió al vasco a visitar un cabaret donde actuaba Aristide Bruant «poeta de cabaret, aparatoso, populachero, con un socialismo un poco cursi» según Baroja, y que Toulouse-Loutrec inmortalizó en sus carteles con su icónico chambergo negro, sombrero de ala ancha y bufanda roja. Al hacerse de noche se dirigieron al establecimiento y allí no encontraron más que a cuatro o cinco personas entre el público; tomaron un café —malo por supuesto— y poco después salieron los chansonniers a cantar. Cantó primero el amo del local que era el propio Bruant, y después otro muchacho, y otro, y otro…; lo que sucedió a continuación fue que cada vez que terminaban una canción pasaban el habitual cepillo, de tal manera que Campos y Pío se veían obligados a apoquinar calderilla al finalizar cada canción. En un momento dado decidieron no entregar más monedas percatados del ‘sutil’ sistema de sablazo, por lo que los pícaros chansonniers, viendo su negativa a entregar el óbolo reaccionaron con chanzas e insultos —más o menos serios— que acabaron por amedrentar a los jóvenes volviendo así a depositar unos cuartos. La salida, como recuerda Pío, estaba cerrada, lo que le hizo sentirse como «un europeo gordo caído en una tribu de antropófagos». La situación se resolvió cuando inopinadamente entró un gendarme al cabaret, momento que fue aprovechado por la pareja para poner pies en polvorosa. Tiempo después le explicaron a Pío que aquellos insultos era protocolares y formaban parte del número. Sin lugar a dudas los jóvenes españoles pagaron harto bien su inexperiencia en los protocolos de la picaresca parisina.

Estas y otras cuitas sucedieron a Pío en compañía de su compatriota G. Campos; y es que París, cuando se carecía del dinero suficiente, no siempre resultaba una fiesta.