Sawa y un revólver. — Otro revólver y Romo Jara. —

Retrato Pablo Delgado

POETA PABLO DELGADO

La Casa Editorial Garnier —sección hispana—, parecía una jaula de grillos por aquellos años finiseculares, en los cuales, se estaba redactando su aclamado diccionario. Personajes tales Isidoro Lapuya, el incorregible y altivo bohemio Alejandro Sawa, el beato peruano González de la Rosa, o el cándido toledano Santiago Romo Jara, eran algunos de los hombres encargados de redactar entradas para el diccionario de Zerolo.

En aquel crisol de hispanidad se prodigaba un temporal de inestables caracteres, pues, tan pronto sus trabajadores pasaban el día entre risas y alborozos, como organizaban jaranas que acababan en puñadas. Las instalaciones de la calle des Saints-Père, en definitiva, fueron testigo de no pocos incidentes entre los redactores que bien pudieron desembocar en tragedia.

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Isidora L. Lapuya recuerda en sus memorias sobre aquel tiempo un altercado protagonizado por Sawa y de la Rosa a propósito de Santiago Romo Jara. Sucedió que el granadino, haciendo gala de ese carácter tan particular, entre irónico y arrogante, quiso embromar cruelmente a Romo Jara, a propósito de una pretendida princesa rusa que decía conocer la víctima. Un día Sawa le indicó que la princesa había mandado un coche para recogerle y llevarle ante su presencia; el supuesto transporte le esperaba en la puerta, y Romo Jara, que era algo blando se sesos, bajó y se introdujo en el primer carro que halló, que no era otro que el del propio lechero. Como no podía ser de otra manera acabó discutiendo con el conductor y fue expulsado a empujones.

Al día siguiente Santiago no fue a trabajar, y de la Rosa, que tenía alma de eclesiástico, le disertó un discurso sobre «la necesidad de respetar las flaquezas del prójimo». Aquella homilía improvisada irritó al irascible Sawa y no se sabe bien cómo, sacó un revólver. En ese momento todos los presentes intervinieron, los ánimos se caldearon, y sonó un disparo. De la Rosa fue a refugiarse tras Isidoro Lapuya, otro intentó desarmar al bohemio cuando sonó un nuevo disparo que asustó al resto del conciliábulo. Tras aquel segundo disparo, posiblemente crispado, pero sin intención real de querer matar a nadie, Sawa lanzó el revólver contra el peruano, el cual no acertó y quedó a los pies de Lapuya. Pasado aquel estruendoso incidente el provocador Alejandro no regresaría más a la redacción del diccionario.

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Al igual que sucediera en la anterior ocasión entre Sawa y de la Rosa, el blando de seso y fantasioso Romo Jara, protagonizó un incidente similar pero esta vez como agresor. En aquella ocasión un tal Sarmiento había comenzado a tomar en solfa las salidas disparatadas de Santiago. Acaeció aquella vez que al de Fuensalida le dio por alardear de sus dotes para con el hebreo adquiridos en su pueblo; Sarmiento, que tomaba a chufla todo aquello comenzó a interrogarle sobre la cuestión muy sibilinamente:

«—¿Dónde estudió usted hebreo? —le preguntó su implacable verdugo.

»—En mi pueblo.

»—Nos ha dicho usted que salió de su pueblo a los diez años. De manera que ha esa edad ya sabía usted hebreo.

»—Sí señor —repuso Romo Jara, sin enterarse aún de la encerrona.

»—Se le habrá olvidado algo —añadió Sarmiento, para dar a sus víctimas un respiro,

»Romojara satisfecho al creer que la cuestión se desviaba, contestó que, en efecto, se le había olvidado bastante.

»Entonces el interrogado, descubriendo sus baterías, dijo:

»—¿Y quién enseñó a usted el Hebreo en Fuensalida?

»Era un perfecto jaque mate».

Así recordaba la escena Isidoro Lapuya, y como ya advertí, esta también acabó con un revolver fuera del bolsillo. Sarmiento, sin embargo, lejos de amedrentarse, no dejó de lucir una sonrisa maliciosa que, todavía más, enervaba a Santiago. Subió ante la balumba organizada Elías Zerolo, y cuando se intentó desarmar al toledano, el revólver se acabó disparando. El director, viéndose incapaz de poner calma, fue en busca de refuerzos, y aún así, parece que no fue fácil apaciguar al improvisado pistolero.

Tras aquello, Romo Jara, emulando al furibundo Sawa, también se marchó de la redacción del diccionario. Sin duda alguna, la filial hispana de la editorial Garnier fue un verdadero campo de refriegas por aquellos años. De Romo Jara aún cabría decir, por hacer honor a la verdad, que no resultó ser mal trabajador: llevó a cabo varias traducciones de corte técnico como la ‘Cría y aprovechamiento del cerdo: salchicería’ (1893) de Auguste Valessert, o literarias como ‘El buen mozo (Bel-Ami)’ (1897) de Guy de Maupassant.

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Con este episodio terminan mis colaboraciones donde he querido dar cuenta de fragmentos, retazos mejor dicho, de lo que fueron los vivaquerajes de algunos españoles en la vieja Lutecia; haberlos los hay muchos más, por supuesto, pero no es cosa de aburrir al lector y ocupar un espacio innecesario que bien podrían rellenar otros compañeros; así pues, y a modo de despedida, solo me queda por recordar aquello del ‘Orlando Furioso’: «forse altri canterá con miglior plettro». Amén.